No sabemos bien por qué nació el Arte, pero sí sabemos que es muy seguro que desde hace miles de años, el Arte nace y se utiliza para ayudar a los muertos. O para ayudar a los vivos a comunicarse con los muertos.
Hoy en día el Arte es otra cosa mucho más de vivos, de tener un aspecto más lúdico, incluso de ayuda psicológica para quien crea o para quien contempla. Ya no entendemos el Arte como un elementos social que nos sirva para comunicarnos con los fallecidos, excepto si nos retiramos y lanzamos la vista hacia el pasado.
Durante miles de años el Arte fue una de las principales herramientas que utilizaron los seres humanos para relacionarse con aquello que no podían ver: los dioses, los espíritus, los antepasados, los muertos o el misterio de la propia existencia.
Las pinturas de las cuevas prehistóricas, las estelas funerarias egipcias, los retratos romanos de difuntos, los iconos bizantinos, los retablos cristianos o los monumentos funerarios no eran simples objetos decorativos. Eran puentes simbólicos entre el mundo de los vivos y el de los muertos. En ese sentido, el Arte nunca fue únicamente belleza. Fue comunicación.
El Arte no abre una puerta sobrenatural demostrable. Lo que abre es una puerta en la memoria. Y la memoria es probablemente la forma más poderosa de supervivencia que poseen los seres humanos. También en el terreno religioso sigue desempeñando un papel importante.
Las imágenes de santos, las vírgenes, los crucifijos, los iconos ortodoxos o las esculturas funerarias continúan actuando como mediadores simbólicos. Un creyente no suele pensar que la madera o la piedra tengan poderes propios. Lo que busca es concentrar su pensamiento, su oración o su recuerdo mediante una imagen material.
Quizá la cuestión más interesante sea que el Arte nunca ha servido tanto para hablar con los muertos como para que los muertos sigan hablando con nosotros. Cuando contemplamos una pintura de Goya, una escultura funeraria romana, una lápida medieval o una fotografía de nuestros abuelos, no somos nosotros quienes transmitimos un mensaje. Son ellos quienes siguen transmitiéndonos algo a través del tiempo.
Y tal vez esa sea una de las funciones más extraordinarias del Arte. Poder vencer parcialmente a la muerte. No porque resucite a nadie, sino porque permite que una parte de una persona —su imagen, su pensamiento, su emoción o su recuerdo— continúe presente cuando su cuerpo ya ha desaparecido.
Por eso, incluso en pleno siglo XXI, rodeados de inteligencia artificial, teléfonos móviles y redes sociales, el Arte sigue siendo una de las formas más eficaces que posee la humanidad para dialogar con el pasado y mantener viva la memoria de quienes ya no están.
No comunica con los muertos en un sentido físico o sobrenatural demostrable; comunica con aquello que dejaron dentro de los vivos. Y eso, aunque menos espectacular, quizá sea mucho más real. El Arte ayuda además a que sigamos pensando… que tal vez…, no lo sabemos…, puede existir algo que sin entenderlo bien, sobrevive y nos acompaña.



