10.6.26

La reina Nefertari jugando al Senet


La famosa imagen de la reina Nefertari jugando en una mesa, no es practicando al ajedrez, sino al Senet, un antiguo juego de mesa egipcio considerado el precursor del backgammon. Se encuentra en su tumba (QV66), la cual está ubicada en el Valle de las Reinas, en Tebas (la actual Luxor). Se cree que esta pintura datada en el año 1.255 a.C.

Los primeros egipcios empezaron a escribir textos religiosos en sus tumbas de gente importante hace ya más de 4.500 años. Y más de 4.000 años tienen sus primeras pinturas de las que hay datación de fecha. Unos precursores de la pintura religiosa.

El fresco que dejo arriba, considerado uno de los más bellos y famosos de todo el Antiguo Egipto, muestra a Nefertari sentada elegantemente bajo un templete de cañas, vestida con una túnica de lino blanco plisado y moviendo una ficha en el tablero.

Los jeroglíficos dentro de la imagen, nos hablan de un hechizo destinado a transformar a Nefertari en pájaro, para así ayudarle a poder abandonar su cuerpo de carne y poder alcanzar su inmortalidad en otra vida.

En la mitología egipcia, el Senet no era un simple pasatiempo. El tablero representaba el viaje del alma a través del inframundo (el Duat). Se creía que al jugar, el difunto se enfrentaba a las fuerzas del destino y a oponentes invisibles. Si lograba ganar la partida, se le garantizaba el paso seguro hacia la vida eterna y la resurrección.

El sepulcro de Nefertari fue descubierto en 1904 por el arqueólogo Ernesto Schiaparelli. Debido a la extrema delicadeza de sus pinturas murales, la visita a la tumba está fuertemente regulada por el Ministerio de Antigüedades de Egipto para proteger su conservación. 

Pero es verdad que podemos disfrutar de estas obras de arte, de forma digital, a través de impresos o de imágenes que aunque admitimos que no es lo mismo que verlas en directo y en su lugar, es un método más asequible.

8.6.26

Para qué sirve el Arte en el siglo XXI?


Durante muchos siglos, el Arte estaba muy cerca de la religiosidad, del Poder, de la Magia incluso, nos hablaba del Más Allá, de la capacidad de influencia que podía ejercer el arte y los artistas sobre el pensamiento y los símbolos, a base de imágenes creadas para influir.

Hoy sabemos que el Arte no es nada. ¿No es nada? Que no tiene ningún poder sobre nosotros. ¿No tiene ningún poder sobre nuestra forma de comportarnos, de disfrutar, de pensar, de hablar, de cabrearnos?

Sí sabemos que hace miles de años se adoraba al Sol y a la Luna, y que en ciertos lugares muy bien elegidos se pintaban figuras humanas o de animales, escenas o iconos personales, aunque no estamos seguros ni quien las pintaba, ni tampoco para qué.

¿Eran hombre o mujeres? ¿Los mayores del grupo humano? ¿Los sabios? ¿Los influyentes?

Es posible también que cubrían una función lógica y humana, bien para sanar, para encomendarse, o para enterrar a las personas que morían para encomendarse a ellas, o incluso para poder comunicarse con los familiares que ya no estaban.

El Arte pues, tenía unas funciones básicas del ser humano, del animal con pensamiento propio que tenía más dudas que certezas. Creía en algunas entidades superiores, y quería hablar con ellas, solicitarles favores y reclamarles calma natural ante debacles y peligros.

Aquel ser humanos necesitaba comunicarse con los seres que creía que existían, pero de los que no sabía nada de nada. Era el inicio de la religión, de los ídolos, de los compañeros de vida que vivían de controlar y dosificar el Poder.

Hoy el Arte ya casi no cumple ese papel. Sabemos que nos atrapa, nos gusta, nos decora, nos acompaña incluso, disfrutamos con él, se ha sofisticado y además de ampliarse hacia nuevas formas de expresión, siendo inmenso, se puede utilizar para muchas funciones humanas.

Recordemos el papel de la literatura, de la música, del teatro, del cine, de la fotografía. Actividades al alcance de muchos de nosotros, y que nos pueden tranquilizar, hablar, formar, tomar partido y cuerpo sobre determinados temas.

Ya no tenemos artistas que se dediquen en exclusiva a hablarnos de los Dioses, ni a darle forma al duelo de la muerte a través del Arte. Pero adoramos las músicas y además de motivarnos crean pertenencia a un Grupo, casi a una religión atea en donde los dioses son seres que nos parecen inhumanos.

En el siglo XXI el Arte ya no tiene el monopolio de la belleza ni de la representación del mundo, pero sigue siendo uno de los instrumentos más poderosos para interpretar, cuestionar y dar sentido a la realidad humana.

Un artista puede obligarnos a preguntarnos ante las dudas que se nos ofrezcan sobre temas tan complejos como: ¿Qué es la identidad? ¿Qué es la verdad? ¿Qué es la memoria? ¿Qué significa ser humano? ¿Qué valor tiene una imagen?

Muchas obras actuales parecen desconcertantes precisamente porque buscan activar la reflexión, más que transmitir un mensaje cerrado. Hoy el Arte, sin hablar con nosotros, nos lleva al campo de las dudas.

Ya no es solo contemplación, ni una manera de ver sufrimientos o emociones, dudas o paisajes y escenas muy profundas, es también lo que nos empuja a preguntarnos qué vemos, para qué lo han creado.

Existe la emoción estética. Una pintura, una pieza musical, un texto o una fotografía pueden producir melancolía, esperanza, inquietud, consuelo, asombro o dolor, Y ver eso, intentar entenderlo, sigue siendo una necesidad profundamente humana.

No hablo solo de entretener, ni de provocar, ni de mercados artísticos para comprar y vender. Hablo de necesidades que hay que cubrir en tiempos en los que todo arece venderse y comprarse. Una puesta de sol, natural, silenciosa, es Arte. No se puede poseer. Solo contemplar.

A menudo se dice que vivimos en una época dominada por la tecnología, la velocidad y la información. Nunca habíamos tenido tantos datos al alcance de la mano, ni tantas imágenes circulando a nuestro alrededor. Sin embargo, quizá por eso mismo el Arte sigue siendo más necesario que nunca. La IA simplifica los modos, los lenguajes incluso, pero no las ideas, al menos de momento.

Durante siglos el Arte fue el gran narrador de la humanidad poderosa. Pintó a los dioses, retrató a los poderosos, conservó la memoria de las guerras y mostró el rostro de generaciones enteras. Hoy ya no posee ese monopolio. Una fotografía informa más rápido, un vídeo llega más lejos y al instante si lo necesita y una pantalla puede contener en unos segundos más imágenes de las que una persona del pasado veía en toda su vida.

Y, sin embargo, el Arte permanece. Sobrevive. No sabemos bien por qué. No sabemos tampoco si de forma eterna.

Permanece porque hay preguntas que no pueden responderse con estadísticas, algoritmos o titulares. Permanece porque sigue siendo uno de los pocos lugares donde la duda tiene más valor que la certeza, donde la emoción importa tanto como la información y donde la complejidad humana puede expresarse sin necesidad de simplificarse.

Permanece el Arte, porque hay personas que siguen creando, aunque ya no sea un sistema válido para ganarse la vida.

El Arte hoy ya no nos dice cómo es el mundo. Nos ayuda a mirarlo de otra manera. Nos obliga a detenernos cuando todo nos empuja a correr y a consumir incluso tiempo. Nos recuerda que somos algo más que consumidores de noticias, usuarios de tecnología o habitantes de una economía. Nos recuerda que somos seres humanos con memoria, imaginación, miedos, deseos y contradicciones. Con lentitud, con deseos básicos.

Quizá el verdadero papel social del Arte en el siglo XXI no sea cambiar la sociedad de forma inmediata ni resolver sus problemas. Su función es más humilde y, al mismo tiempo, más profunda. Su trabajo tal vez ser el de mantener despierta nuestra capacidad de asombro, de reflexión y de pensamiento crítico. Defender un espacio para la sensibilidad en medio del ruido.

Porque cuando una sociedad deja de preguntarse quién es, qué siente o hacia dónde va, el Arte deja de ser un lujo cultural para convertirse en una necesidad.

Julio Puente

6.6.26

Cartel publicitario de TWA en 1956 para promocionar New York


Este es un cartel turístico, para publicitar la compañía de aviación de TWA. El cartel que muestras es uno de los más famosos de la edad de oro de los carteles de viaje de la compañía TWA (Trans World Airlines) y su autor fue David Klein.

David Klein fue un ilustrador y diseñador gráfico estadounidense que alcanzó gran fama por los carteles que realizó para TWA durante los años cincuenta y primeros sesenta. Sus obras ayudaron a definir visualmente la llamada Jet Age (la era del transporte aéreo moderno).

El cartel fue tan importante que el propio Museum of Modern Art MoMA incorporó un ejemplar original de "New York Fly TWA" a su colección permanente de diseño gráfico. No es frecuente que un cartel publicitario de una aerolínea llegue a convertirse en una pieza de museo.

Mucha gente cree que este cartel es de los años sesenta porque recuerda al Pop Art y a la gráfica psicodélica posterior. Sin embargo fue realizado en el año 1956, varios años antes de que esas corrientes alcanzaran su máxima popularidad. Por ello muchos historiadores del diseño lo consideran una obra adelantada a su tiempo.

Como aficionados que somos al arte gráfico, probablemente nos interesará saber que este cartel está considerado por muchos especialistas como uno de los mejores carteles de viaje del siglo XX y una de las imágenes más emblemáticas jamás creadas para promocionar Nueva York.


3.6.26

Augusto De Luca y su proyecto ARMAGEDDÓN


El artista fotógrafo, Augusto De Luca nacido en Nápoles en 1955 y licenciado en derecho, se convirtió en un profesional de la imagen a mediados de los años setenta, cuando las manos te tenían que oler a revelador por obligación del oficio. Un olor por cierto, que tarda décadas en ser olvidado.

Su carrera se ha desarrollado entre las técnicas tradicionales y la continua experimentación con diferentes materiales e ideas o conceptos. Su estilo se distingue por el extremo cuidado de los encuadres y por un enfoque que combina tomas de un claro realismo con composiciones donde las formas evocan los principios de la pintura metafísica.

Autor de fama internacional, ha retratado a numerosas figuras célebres y expuesto sus trabajos en diversas galerías de todo el planeta. 

Hoy en día, sus obras forman parte de importantes colecciones públicas y privadas, entre las que destacan la Biblioteca Nacional de París, el Archivo Fotográfico Municipal de Roma, la Galería Nacional de Artes Estéticas de Pekín, el Archivo Fotográfico del Parque Arqueológico de Pompeya y el Museo de la Fotografía de Charleroi en Bélgica.

Dicen que está especializado en retratos, pero sus obras reflejan también esas enormes dudas sobre quienes somos, qué mostramos, o qué nos ven antes y después de ser retratados.

Muy activo, uno de sus últimos trabajo y sobre el que voy a dejar algunos ejemplos se titula «ARMAGEDDÓN» y es un nuevo trabajo, inspirado en los últimos conflictos mundiales catastróficos.


Os dejo a continuación unas palabras suyas sobre este momento tan complejo, tan duro, casi como un texto pedagógico para que las nuevas generaciones incluso, entiendan mejor qué es la fotografía, o al menos qué debería ser.


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«La fotografía siempre ha tenido el poder de capturar la esencia de la realidad, pero cuando se aventura en el terreno de lo metafísico y lo surrealista, se convierte en una herramienta para explorar dimensiones invisibles y simbolismos profundos. En un mundo marcado por las catástrofes de las guerras mundiales, la exploración fotográfica que entrelaza estos temas ofrece una mirada única a la historia humana, una narrativa visual capaz de provocar emociones y reflexiones. Mis últimas fotografías trascienden el simple acto de capturar imágenes; se trata de un viaje al alma de las personas, un intento de atrapar lo invisible que se esconde detrás de los eventos históricos. Las cicatrices dejadas por los conflictos globales son evidentes, pero también están las sombras y los silencios, las historias no contadas de quienes sufrieron y de quienes lucharon. A través de los filtros del arte, se explora la esencia de las emociones humanas, utilizando elementos surrealistas para resaltar el dolor y la esperanza. Cada imagen tomada en este contexto está cargada de símbolos. Estos símbolos no solo evocan la memoria colectiva de las guerras, sino que invitan también al espectador a confrontar su propia interpretación del sufrimiento y el renacer. La elección de las formas, la composición y la iluminación se vuelven herramientas para contar historias que van más allá de lo visible. El componente surrealista en mi búsqueda fotográfica entra en juego cuando la realidad se “distorsiona”, creando imágenes que parecen sacadas de un sueño. En este contexto, lo surrealista no busca negar el dolor, sino amplificarlo, llevando al espectador a una dimensión de comprensión más profunda, a escenarios oníricos, ricos en significados ocultos. Este enfoque desafía al observador a reflexionar sobre cuál es la frontera entre la realidad y la imaginación, entre lo que fue y lo que podría ser. Este trabajo fotográfico surrealista y simbólico sobre las catástrofes de las guerras mundiales no es solo un documento, sino una invitación a ver más allá de las imágenes superficiales. Es un llamado a explorar las emociones y las experiencias humanas, a enfrentarse al pasado y a encontrar un significado profundo en la belleza y en el dolor. A través del arte, las historias de millones de vidas perdidas y transformadas siguen viviendo, animándonos a mantener viva la memoria y a mirar hacia el futuro con nuevos ojos».