Durante muchos siglos, el Arte estaba muy cerca de la religiosidad, del Poder, de la Magia incluso, nos hablaba del Más Allá, de la capacidad de influencia que podía ejercer el arte y los artistas sobre el pensamiento y los símbolos, a base de imágenes creadas para influir.
Hoy sabemos que el Arte no es nada. ¿No es nada? Que no tiene ningún poder sobre nosotros. ¿No tiene ningún poder sobre nuestra forma de comportarnos, de disfrutar, de pensar, de hablar, de cabrearnos?
Sí sabemos que hace miles de años se adoraba al Sol y a la Luna, y que en ciertos lugares muy bien elegidos se pintaban figuras humanas o de animales, escenas o iconos personales, aunque no estamos seguros ni quien las pintaba, ni tampoco para qué.
¿Eran hombre o mujeres? ¿Los mayores del grupo humano? ¿Los sabios? ¿Los influyentes?
Es posible también que cubrían una función lógica y humana, bien para sanar, para encomendarse, o para enterrar a las personas que morían para encomendarse a ellas, o incluso para poder comunicarse con los familiares que ya no estaban.
El Arte pues, tenía unas funciones básicas del ser humano, del animal con pensamiento propio que tenía más dudas que certezas. Creía en algunas entidades superiores, y quería hablar con ellas, solicitarles favores y reclamarles calma natural ante debacles y peligros.
Aquel ser humanos necesitaba comunicarse con los seres que creía que existían, pero de los que no sabía nada de nada. Era el inicio de la religión, de los ídolos, de los compañeros de vida que vivían de controlar y dosificar el Poder.
Hoy el Arte ya casi no cumple ese papel. Sabemos que nos atrapa, nos gusta, nos decora, nos acompaña incluso, disfrutamos con él, se ha sofisticado y además de ampliarse hacia nuevas formas de expresión, siendo inmenso, se puede utilizar para muchas funciones humanas.
Recordemos el papel de la literatura, de la música, del teatro, del cine, de la fotografía. Actividades al alcance de muchos de nosotros, y que nos pueden tranquilizar, hablar, formar, tomar partido y cuerpo sobre determinados temas.
Ya no tenemos artistas que se dediquen en exclusiva a hablarnos de los Dioses, ni a darle forma al duelo de la muerte a través del Arte. Pero adoramos las músicas y además de motivarnos crean pertenencia a un Grupo, casi a una religión atea en donde los dioses son seres que nos parecen inhumanos.
En el siglo XXI el Arte ya no tiene el monopolio de la belleza ni de la representación del mundo, pero sigue siendo uno de los instrumentos más poderosos para interpretar, cuestionar y dar sentido a la realidad humana.
Un artista puede obligarnos a preguntarnos ante las dudas que se nos ofrezcan sobre temas tan complejos como: ¿Qué es la identidad? ¿Qué es la verdad? ¿Qué es la memoria? ¿Qué significa ser humano? ¿Qué valor tiene una imagen?
Muchas obras actuales parecen desconcertantes precisamente porque buscan activar la reflexión, más que transmitir un mensaje cerrado. Hoy el Arte, sin hablar con nosotros, nos lleva al campo de las dudas.
Ya no es solo contemplación, ni una manera de ver sufrimientos o emociones, dudas o paisajes y escenas muy profundas, es también lo que nos empuja a preguntarnos qué vemos, para qué lo han creado.
Existe la emoción estética. Una pintura, una pieza musical, un texto o una fotografía pueden producir melancolía, esperanza, inquietud, consuelo, asombro o dolor, Y ver eso, intentar entenderlo, sigue siendo una necesidad profundamente humana.
No hablo solo de entretener, ni de provocar, ni de mercados artísticos para comprar y vender. Hablo de necesidades que hay que cubrir en tiempos en los que todo arece venderse y comprarse. Una puesta de sol, natural, silenciosa, es Arte. No se puede poseer. Solo contemplar.
A menudo se dice que vivimos en una época dominada por la tecnología, la velocidad y la información. Nunca habíamos tenido tantos datos al alcance de la mano, ni tantas imágenes circulando a nuestro alrededor. Sin embargo, quizá por eso mismo el Arte sigue siendo más necesario que nunca. La IA simplifica los modos, los lenguajes incluso, pero no las ideas, al menos de momento.
Durante siglos el Arte fue el gran narrador de la humanidad poderosa. Pintó a los dioses, retrató a los poderosos, conservó la memoria de las guerras y mostró el rostro de generaciones enteras. Hoy ya no posee ese monopolio. Una fotografía informa más rápido, un vídeo llega más lejos y al instante si lo necesita y una pantalla puede contener en unos segundos más imágenes de las que una persona del pasado veía en toda su vida.
Y, sin embargo, el Arte permanece. Sobrevive. No sabemos bien por qué. No sabemos tampoco si de forma eterna.
Permanece porque hay preguntas que no pueden responderse con estadísticas, algoritmos o titulares. Permanece porque sigue siendo uno de los pocos lugares donde la duda tiene más valor que la certeza, donde la emoción importa tanto como la información y donde la complejidad humana puede expresarse sin necesidad de simplificarse.
Permanece el Arte, porque hay personas que siguen creando, aunque ya no sea un sistema válido para ganarse la vida.
El Arte hoy ya no nos dice cómo es el mundo. Nos ayuda a mirarlo de otra manera. Nos obliga a detenernos cuando todo nos empuja a correr y a consumir incluso tiempo. Nos recuerda que somos algo más que consumidores de noticias, usuarios de tecnología o habitantes de una economía. Nos recuerda que somos seres humanos con memoria, imaginación, miedos, deseos y contradicciones. Con lentitud, con deseos básicos.
Quizá el verdadero papel social del Arte en el siglo XXI no sea cambiar la sociedad de forma inmediata ni resolver sus problemas. Su función es más humilde y, al mismo tiempo, más profunda. Su trabajo tal vez ser el de mantener despierta nuestra capacidad de asombro, de reflexión y de pensamiento crítico. Defender un espacio para la sensibilidad en medio del ruido.
Porque cuando una sociedad deja de preguntarse quién es, qué siente o hacia dónde va, el Arte deja de ser un lujo cultural para convertirse en una necesidad.
Julio Puente





