22.1.26

¿Cómo explicamos la abstracción a una persona ajena al Arte?


La abstracción es, en el fondo, una forma de mirar el mundo sin necesidad de nombrarlo todo. Una manera de hablar o escribir desde otro abecedario o lenguaje, otro idioma, otra grafía que a veces nos resulta inextensible.

Cuando vemos un paisaje, una persona o una ciudad, nuestro cerebro no solo reconoce formas y objetos; también registra sensaciones, ritmos, tensiones, emociones, recuerdos. No vemos solo “un árbol” o “una calle”: vemos un peso de luces y sombras, un equilibrio (o desequilibrio) de volúmenes, una atmósfera que nos calma o nos inquieta.

La pintura figurativa intenta parecerse a lo que vemos. Un rostro, una montaña, un vaso sobre una mesa. Su juego está en el “yo reconozco esto”. Aquí hay una casa, allí un perro, más allá una mujer. 

Nos propone un mundo que podríamos señalar con el dedo y nombrar. Todo lo conocemos, es sencillo reconocerlo.

La pintura abstracta, en cambio, intenta parecerse a lo que sentimos o entendemos al ver ese mundo, no al aspecto exterior de las cosas. 

No copia las formas visibles, sino que intenta condensar su ritmo, su energía, su clima emocional. Lo que antes era “árbol al atardecer” se convierte en una franja roja que pesa, un negro que se desploma, un azul que respira.

Podría ser lo mismo, aunque vemos otra cosa, observamos una interpretación que nos hace el artista. Y puede que no le haya salido bien o que no lo entendamos.

La abstracción pictórica funciona un poco como la música. La pintura utiliza color, forma, ritmo, superficie, materia y vacío dentro de un espacio, igual que la música usa sonidos, silencios, intensidades y repeticiones. 

Una sinfonía no nos cuenta una anécdota concreta, pero nos habla de tristeza, de euforia, de espera, de conflicto. 

Un cuadro abstracto hace lo mismo con manchas, líneas y planos. No narra una historia con palabras, la sugiere sin entrar en los detalles reales.

Por eso no es “suciedad sobre un lienzo”, como la música no es “ruido organizado”. 

Si aceptamos que una sucesión de sonidos puede conmovernos sin que “signifique” nada en el sentido literal, también podemos aceptar que una organización de colores y formas pueda hacerlo sin representar sillas, manos o paisajes.

Durante siglos, la pintura tuvo un encargo muy claro. Tenía que representar la realidad. O tenía que inventársela pero transmitirla desde unas realidades claras.

Retratos de reyes, batallas, escenas religiosas, bodegones… La pintura era, entre otras cosas, el espejo oficial del mundo visible. Si nos quería mostrar una escena fantasiosa lo hacía con personas, con objetos muy reconocibles.

Cuando apareció la fotografía —más rápida, más barata, más precisa para copiar lo que tenemos delante—, esa obligación empezó a resquebrajarse. La cámara podía encargarse de “parecerse a la realidad” mejor que cualquier mano pictórica.

Y entonces muchos pintores se hicieron una pregunta radical:

—“Si ya no tengo que copiar el mundo, ¿qué puedo hacer con la pintura?”

Una de las respuestas fue usar y caminar hacia la abstracción. Usar el cuadro no como ventana al exterior, sino como campo de operaciones de la mirada y del pensamiento.

Por eso, frente a una obra abstracta, la pregunta más fácil es:

—“¿Y esto, qué es?”

Porque casi siempre la respuesta literal será decepcionante: 

—“Son franjas de color”, “son manchas”, “son formas”. 

Pero la obra llena de dudas no se agota en ese “qué”.

La pregunta más útil es otra:

—“¿Y esto que veo, qué me hace sentir, qué me hace pensar? 
¿Me transmite calma o violencia? ¿Hay algo que grita o, al contrario, una especie de susurro? ¿Me pesa o me aligera? ¿Me resulta frío, cálido, cerrado, abierto? ¿Me recuerda vagamente a algo, aunque no sepa decir a qué?

No todas las obras abstractas “gustan”, igual que no todas las músicas gustan. 

Eso no invalida el lenguaje; simplemente indica que, como cualquier idioma, no siempre conectamos a la primera con quien lo habla. 

Puede que el artista no haya logrado articular bien lo que quería decir con su obra, o puede que nosotros, en ese momento, no tengamos la disposición, la experiencia o la paciencia para entrar en ese diálogo. 

A veces una obra no nos dice nada hoy y, sin embargo, años después nos habla con claridad.

Una forma útil de resumirlo podría ser: La abstracción no te pide que “entiendas” algo; te pide que lo mires sin traducirlo —enseguida— en objetos.

Primero sentir, luego, si quieres, buscar palabras y respuestas, explicaciones o traducciones.

La imagen que vemos arriba no es una pintura, pero podría parecerlo. No son simplemente trozos de papel rasgados pegados en un muro, aunque eso sea lo que “son” en sentido literal. 

Es una fotografía, sí, pero también es un encuadre. Alguien ha decidido —en este caso yo— qué dejar dentro y qué dejar fuera, cuánto espacio darle al vacío, cómo se relacionan las formas, qué peso tienen los blancos, los verdes, las manchas difusas. 

Es una distribución de elementos sobre un soporte —en este caso, tu misma pantalla— que podemos mirar como miraríamos un lienzo.

Eso también es abstracción. Tomar un fragmento del mundo, aislarlo de su contexto práctico y verlo como un juego serio de formas, ritmos y tensiones. 

A veces el primer paso no es entender, sino dejarse llevar, afectar, sentir. Solo después viene la necesidad —tan humana— de ponerle nombre.

21.1.26

Tenemos un Amo del Mundo, que nosotros no hemos elegido


Estoy seguro de que os da la sensación de que hemos cambiado de Amo en el Mundo, sin que nadie nos preguntara nada a la inmensidad de los ciudadanos del mundo.

Cierto, confundo Mundo con el mundo occidental europeo y americano. Somos los perjudicados por no haber podido votar al nuevo amo.

Por otra parte, tenemos la sensación de que a los que considerábamos Gestores de nuestros países, no son capaces de hacer nada al respecto, no sé si por miedo o por dudar, o por no tener capacidad.

Somos todos, testigos de nuestros aconteceres, y los vemos y los retratamos como mejor sabemos. A veces incluso jugamos con ellos, creando nuevos puntos de vista. 

Este es una viñeta sin humor pero lleno de ironía y dolor. Como se puede comprobar, a lo lejos y mostrando un brazo se pueden ver todos los segundones que acompañan al Amo en su carrera a caballo.


Este blog cambia de enfoque, pero sin romperse


Este blog cambia de ritmo y de enfoque. Sigo siendo el mismo, sigue siendo un espacio abierto y personal, pero abre un nuevo enfoque, como quien abre un nuevo capítulo.

Sin abandonar el interés por el Arte en sentido amplio, a partir de ahora cada entrada partirá de una imagen propia, trabajada como punto de arranque y no como simple ilustración. 

La fotografía pasa a ocupar el centro. Como mirada, como herramienta y como excusa para pensar yo. Y si es posible y no lo hago mal, para hacer pensar a los lectores.

Los textos que acompañen a esas imágenes no pretenden explicar la fotografía, ni tampoco cerrarla, sino abrir un contexto, señalar una fricción, dejar constancia de una duda o de una observación personal. 

Menos generalidades de Arte estático, de Museos, y más posición fotográfica, como notaria de unos tiempos. 

Menos discurso ajeno de otros artistas históricos y más experiencia directa de un simple observador fotógrafo que vive en un tiempo, en una sociedad.

No es un cambio brusco ni una ruptura con lo anterior, sino un desplazamiento natural, desde arte entendido como territorio muy amplio…, al arte fotográfico como espacio propio, desde el que mirar el presente con más calma y más implicación.

Cada entrada será autónoma.
Imagen primero.
Texto después.
Y sin conclusiones obligatorias.

Podrás encontrar las Entradas en la Etiqueta: 
Apuntes de un Testigo

La fotografía como notario de las realidades del momento



La fotografía se ha convertido en el testigo principal de nuestro tiempo, todos llevamos una cámara en el bolsillo y eso nos convierte sin quererlo, en notarios visuales que certificamos que algo ha ocurrido, cómo ha ocurrido y a quién afecta. 

Pero ese “notario”, ya no es neutro ni incuestionable, y ahí está el matiz que la sociedad necesita entender. Somos los que publicamos imágenes, los responsables de como poco, no manipular el momento.

En periodismo, la fotografía dentro de las explicaciones, actúa como una testigo presencial, muestra lo que el texto cuenta y aporta una prueba sensible de que el hecho existió.​ 

Luego ya, la interpretación final depende de cada lector, sobre todo si mezclamos la fotografía documental o periodística, con la artística o con la fotografía con toque personal.

En guerras, desastres o protestas, la imagen no solo ilustra, se convierte en evidencia. Proyectos sobre atrocidades o crímenes de guerra usan secuencias de fotos como si fueran un dossier judicial mostrando la verdad a partir de muchas miradas y momentos.

Por eso se habla de la fotografía como “testigo mudo” pues no habla, pero lo visto en ella difícilmente puede negarse sin más, como ocurrió con las imágenes de los campos de concentración nazis o de la violencia en los Balcanes y recientemente en Gaza.

La clave aquí para la sociedad es que ya no basta con creer los relatos; necesitamos verlos tras ser mostrados por alguien con credibilidad. 

La foto convierte lo que podría ser “opinión” en algo que se parece mucho a una prueba.

Los fotógrafos de prensa ya no son solo “cazadores de imágenes espectaculares”. Se los entiende como parte de una red de testigos de confianza que documentan, interpretan y contextualizan lo que ocurre.​ Asumen roles diversos. Registrador, observador, narrador, testigo, abogado, intérprete en el que confías; todos obligados a lidiar con la tensión entre objetividad del momento y responsabilidad moral.

Hoy la fotografía periodística es una pieza central del discurso cívico, pues ayuda a que la ciudadanía pueda ver y entender lo que el poder preferiría mantener invisible (desde la corrupción, violencia policial, guerras de todo tipo, problemas sociales, etc.).

Lo que hay que explicar es que no se trata solo de estética artística, sino de responsabilidad democrática del fotógrafo, que a veces podemos ser nosotros mismos. 

Sin imágenes creíbles, el control ciudadano sobre el poder debilita el papel del fotógrafo en general.

Las fotografías influyen de manera muy potente en la percepción de personajes públicos y temas políticos, mucho más que el texto aislado. Por eso los encuadres, gestos y contextos visuales pueden reforzar o cuestionar narrativas enteras.​ 

En un entorno saturado de información, la imagen funciona como atajo cognitivo, lo que se ve se incorpora más rápido y se olvida más despacio que lo leído.

La era digital ha traído retoque fácil, imágenes generadas por IA y “fake photos”. Esto podría llevar a pensar que “ya no se puede creer en nada”. Hay que exigir que en la fotografía periodística, NUNCA se manipule lo que se muestra, aunque en realidad el encuadre elegido ya puede ser una toma de decisiones, como lo es el ambiente, el color, etc. Y si algo se manipula, hay que señalarlo en la propia imagen.

Los estudios muestran que, por defecto, la gente sigue dando credibilidad a las imágenes, y solo cambia de opinión cuando se le señala de forma clara que están manipuladas.​ Por eso la importancia de no engañar nunca, haciendo pasar por imágenes reales, las que han sido manipuladas, excepto cuando hablamos de fotografías artísticas.

El hecho de que una fotografía pueda manipularse no le quita valor como prueba; obliga a reforzar las prácticas de verificación. Es como los testigos en un juicio, que pueden mentir, pero no por eso dejamos de usar testigos; mejoramos los métodos para contrastar sus declaraciones.

El fotógrafo es un testigo con deberes ético. No solo “saca fotos”: decide qué mostrar, desde dónde, en qué momento. Tiene una responsabilidad ética porque sus imágenes pueden legitimar o denunciar, humanizar o deshumanizar.

En tiempos de deepfakes y manipulación, el ciudadano necesita alfabetización visual, saber preguntar “¿quién ha tomado esta foto?, ¿cuándo?, ¿dónde?, ¿puede estar manipulada?” y valorar mejor las que vienen de fuentes verificadas.