Alejarse en el tiempo de una obra artística sirve para ver si es buena o mala

La primera vez que me hablaron de esta técnica de análisis de lo propio, para saber si es bueno, malo o peor, para saber en dónde falla, qué es sublime, qué debes seguir aprendiendo o rectificando, fue en una conferencia hace casi 50 años impartida por el escritor Santiago Lorén. 

Él explicaba que un escrito debe reposar, lo tenemos que meter en un cajón y esperar unos meses a reencontrarnos con él, leerlo, revisarlo y ver entonces si merece la pena corregir o en cambio lo mejor es tirarlo. Sí, es un artículo hay que acortar los plazos a media hora, pero es lo que hay. Con un cuadro o un dibujo te sirve bien una semana como poco.

El caso es salirte de su influencia, salir de su espacio creativo, el tiempo que te ha llevaba a confeccionar aquello. Olvidarte de esos momentos, y volverte a enfrentar —a los días o semanas— simplemente con lo realizado. 

¿Qué te dice? ¿Hoy lo harías igual? ¿Te sigue gustando?

Una obra de arte desprende mensajes de forma muy lenta. Y sobre todo de una manera poco convencional en estos tiempos tan líquidos y rápidos. Es lenta, incluso muy lenta hablando con nosotros. 

Y nos va entregando gozo y belleza muy poco a poco. 

En un cuadro como en la música, la primera vez que la escuchas te dice mucho menos que la vez veinteava. En la repetición de escuchar está la capacidad de admitirla o de rechazarla.

Si al volver a leer o mirar una obra tuya, te vuelve a impresionar, te convence o incluso te engaña más que el primer día… está ante una buena obra que debes conservar, y explorar para saber hasta dónde la puedes exprimir. O simplemente tirarla y empezar de nuevo con otra idea.


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