Parásitos, ¿solamente coreanos? ¿quienes somos los parásitos?

No es la primera vez que el cine coreano me da una bofetada anímica para bien. Y eso que me aburre por falta de acción en general el cine asiático, salvo contadísimas historias como las de Farhadi o Kitano. Que me hacen estar pegado por encrespamiento de sensibilidad a la butaca.

Sin embargo con el cine coreano experimento una sensación de familiariedad y cercanía, de gusto a gran cine, de imperio de mis sentidos y sensibilidad, incluso de gusto por la acción dentro de narraciones de vida ordinaria que me seducen.

Me pasa desde que Kim Ki-duk me mostró el carácter, mentalidad, relación con el paisaje y sentido del humor coreanos. Lo creía enorme porque conozco el japonés aplicado incluso a la muerte de seres queridos. Y también porque suponía que alguien se estaría descojonando en clave de superar censuras: hablo de la situación de aislamiento respecto de su vecina del norte. Y sí, lo hacen y muy bien.

Bong Joon-ho ha recorrido ese camino con virtuosismo realista, adentrándose en la sociedad coreana vigente en “Parásitos”.

La película me transportó a ese exceso de información descontrolada que todos tenemos por parcial, acabando por colocarla. Porque me recordó a los cinco millones de coreanos residentes en Japón a quienes se negó la nacionalidad nipona, los emigrados a partir del conflicto coreano. Vivieron y aún hoy sus hijos como semi-esclavos maniobreros de maquila con denominación propia despectiva: “zainichi”. Literalmente significa residentes en Japón. Nada más.

En Europa se repite casualmente en otro país del Eje, Alemania, respecto de los turcos allí nacidos. Se quiere exportar a Euskadi, Catalunya y demás.

También me vinieron a la mente las violaciones masivas sin memoria histórica, o con memoria y restituciones mal resueltas, llevadas a cabo por el ejército japonés en la Península de Corea. En los campos de internamiento de las mujeres coreanas al servicio sexual del superhombre amarillo. Denunciadas indirectamente pero con decisión por Murakami Haruki San, el de los maratones. Superador de Mishima.

Tanto dolor padecido en Corea del Sur, tanta amenaza aún hoy existente, han dejado un reguero de profundas cicatrices mal operadas. Sociales, políticas… no vamos a pensar que no afecten a las personas.

Ni los anticuerpos y antibióticos Samsung o Hyundai han servido como antídotos. Tampoco para restañar la condición de zainichi dentro de su propio país de millones de coreanos.

La cinta versa sobre la imperfección de la planificación de la venganza por los excluidos, tiene un regusto confuciano importante. No cabe planificar imposturas contra la clase dominante, aunque las ensayes y perfecciones. Porque si has nacido en un suburbio (en una shitamachi o ciudad baja en japonés), te decoficarán incluso los hijos de los nuevos ricos por tu olor a metro y verdura cocida.

Esta clave filosófica subyacente para mí es en cierto modo natural, porque conozco bien el sistema piramidal de no salirse del tiesto de las sociedades orientales.

Todas con retrogusto mandarinesco en sus clases dominantes políticas y empresariales. Que, por cierto, se confunden en la práctica. Mitsubishi o LD son zaibatsu: compañías que perciben subvenciones gubernamentales haciendo dumping mundial para dominar el comercio de un producto determinado, son bancos, compañías de seguros, compran la deuda pública de su país y demás…

El Corte Inglés tiene un modelo parecido, y supongo que importado de Asia, en el tratamiento de sus empleados. Que pueden comprar ocio y vida privada a través de la empresa.

Excluidos del sistema pícaros que huelen a metro y parásitos de casta baja zainichi hay en todas las sociedades. Españoles de segunda y de tercera. Forman parte de nuestra mejor literatura, incluso escrita por Cela.

Son los asolados por cada inundación, enorme metáfora de la película. Además se trata de una inundación fecal apoteósica: eso en España no se hubiera grabado por caridad socialdemócrata.

Pero no hace falta nacer en una sociedad confuciana para estar dentro de una trama de imposibilidad de matrimonio o relación fuera del estrato, para vivir una exclusión del sistema laboral incluso bien formado.

Solamente quedan la picaresca y la violencia contra el respingo. ¿Quiénes somos o son los parásitos?

Obviamente, para componer semejante friso hacen falta actores nada canónicos ni que declamen modo escuela de teatro. Que se introduzcan en los personajes como si de personas de ese estrato se tratara.

Es imposible no afirmar que se trata de una obra autobiográfica de Bong Joon-ho. O puede que el guión lo escribiera pensando también en mí y también en tí.

Está escrito que la división conviene y no se supera por conveniencia de muchos. La súper especialización separa a los triunfadores de advertirla, ocupados como están en diseñar la siguiente generación de teléfonos inteligentes. Dejando familia, alimentación y vida en manos de esos otros parásitos.

11.12 Luis Iribarren

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