En periodismo, la fotografía dentro de las explicaciones, actúa como una testigo presencial, muestra lo que el texto cuenta y aporta una prueba sensible de que el hecho existió.
En guerras, desastres o protestas, la imagen no solo ilustra, se convierte en evidencia. Proyectos sobre atrocidades o crímenes de guerra usan secuencias de fotos como si fueran un dossier judicial mostrando la verdad a partir de muchas miradas y momentos.
Por eso se habla de la fotografía como “testigo mudo” pues no habla, pero lo visto en ella difícilmente puede negarse sin más, como ocurrió con las imágenes de los campos de concentración nazis o de la violencia en los Balcanes y recientemente en Gaza.
La clave aquí para la sociedad es que ya no basta con creer los relatos; necesitamos verlos tras ser mostrados por alguien con credibilidad.
Los fotógrafos de prensa ya no son solo “cazadores de imágenes espectaculares”. Se los entiende como parte de una red de testigos de confianza que documentan, interpretan y contextualizan lo que ocurre. Asumen roles diversos. Registrador, observador, narrador, testigo, abogado, intérprete en el que confías; todos obligados a lidiar con la tensión entre objetividad del momento y responsabilidad moral.
Hoy la fotografía periodística es una pieza central del discurso cívico, pues ayuda a que la ciudadanía pueda ver y entender lo que el poder preferiría mantener invisible (desde la corrupción, violencia policial, guerras de todo tipo, problemas sociales, etc.).
Lo que hay que explicar es que no se trata solo de estética artística, sino de responsabilidad democrática del fotógrafo, que a veces podemos ser nosotros mismos.
Las fotografías influyen de manera muy potente en la percepción de personajes públicos y temas políticos, mucho más que el texto aislado. Por eso los encuadres, gestos y contextos visuales pueden reforzar o cuestionar narrativas enteras.
La era digital ha traído retoque fácil, imágenes generadas por IA y “fake photos”. Esto podría llevar a pensar que “ya no se puede creer en nada”. Hay que exigir que en la fotografía periodística, NUNCA se manipule lo que se muestra, aunque en realidad el encuadre elegido ya puede ser una toma de decisiones, como lo es el ambiente, el color, etc. Y si algo se manipula, hay que señalarlo en la propia imagen.
Los estudios muestran que, por defecto, la gente sigue dando credibilidad a las imágenes, y solo cambia de opinión cuando se le señala de forma clara que están manipuladas. Por eso la importancia de no engañar nunca, haciendo pasar por imágenes reales, las que han sido manipuladas, excepto cuando hablamos de fotografías artísticas.
El hecho de que una fotografía pueda manipularse no le quita valor como prueba; obliga a reforzar las prácticas de verificación. Es como los testigos en un juicio, que pueden mentir, pero no por eso dejamos de usar testigos; mejoramos los métodos para contrastar sus declaraciones.
El fotógrafo es un testigo con deberes ético. No solo “saca fotos”: decide qué mostrar, desde dónde, en qué momento. Tiene una responsabilidad ética porque sus imágenes pueden legitimar o denunciar, humanizar o deshumanizar.
En tiempos de deepfakes y manipulación, el ciudadano necesita alfabetización visual, saber preguntar “¿quién ha tomado esta foto?, ¿cuándo?, ¿dónde?, ¿puede estar manipulada?” y valorar mejor las que vienen de fuentes verificadas.

