La abstracción es, en el fondo, una forma de mirar el mundo sin necesidad de nombrarlo todo. Una manera de hablar o escribir desde otro abecedario o lenguaje, otro idioma, otra grafía que a veces nos resulta inextensible.
Cuando vemos un paisaje, una persona o una ciudad, nuestro cerebro no solo reconoce formas y objetos; también registra sensaciones, ritmos, tensiones, emociones, recuerdos. No vemos solo “un árbol” o “una calle”: vemos un peso de luces y sombras, un equilibrio (o desequilibrio) de volúmenes, una atmósfera que nos calma o nos inquieta.
La pintura figurativa intenta parecerse a lo que vemos. Un rostro, una montaña, un vaso sobre una mesa. Su juego está en el “yo reconozco esto”. Aquí hay una casa, allí un perro, más allá una mujer.
Nos propone un mundo que podríamos señalar con el dedo y nombrar. Todo lo conocemos, es sencillo reconocerlo.
La pintura abstracta, en cambio, intenta parecerse a lo que sentimos o entendemos al ver ese mundo, no al aspecto exterior de las cosas.
La pintura abstracta, en cambio, intenta parecerse a lo que sentimos o entendemos al ver ese mundo, no al aspecto exterior de las cosas.
No copia las formas visibles, sino que intenta condensar su ritmo, su energía, su clima emocional. Lo que antes era “árbol al atardecer” se convierte en una franja roja que pesa, un negro que se desploma, un azul que respira.
Podría ser lo mismo, aunque vemos otra cosa, observamos una interpretación que nos hace el artista. Y puede que no le haya salido bien o que no lo entendamos.
La abstracción pictórica funciona un poco como la música. La pintura utiliza color, forma, ritmo, superficie, materia y vacío dentro de un espacio, igual que la música usa sonidos, silencios, intensidades y repeticiones.
La abstracción pictórica funciona un poco como la música. La pintura utiliza color, forma, ritmo, superficie, materia y vacío dentro de un espacio, igual que la música usa sonidos, silencios, intensidades y repeticiones.
Una sinfonía no nos cuenta una anécdota concreta, pero nos habla de tristeza, de euforia, de espera, de conflicto.
Un cuadro abstracto hace lo mismo con manchas, líneas y planos. No narra una historia con palabras, la sugiere sin entrar en los detalles reales.
Por eso no es “suciedad sobre un lienzo”, como la música no es “ruido organizado”.
Por eso no es “suciedad sobre un lienzo”, como la música no es “ruido organizado”.
Si aceptamos que una sucesión de sonidos puede conmovernos sin que “signifique” nada en el sentido literal, también podemos aceptar que una organización de colores y formas pueda hacerlo sin representar sillas, manos o paisajes.
Durante siglos, la pintura tuvo un encargo muy claro. Tenía que representar la realidad. O tenía que inventársela pero transmitirla desde unas realidades claras.
Durante siglos, la pintura tuvo un encargo muy claro. Tenía que representar la realidad. O tenía que inventársela pero transmitirla desde unas realidades claras.
Retratos de reyes, batallas, escenas religiosas, bodegones… La pintura era, entre otras cosas, el espejo oficial del mundo visible. Si nos quería mostrar una escena fantasiosa lo hacía con personas, con objetos muy reconocibles.
Cuando apareció la fotografía —más rápida, más barata, más precisa para copiar lo que tenemos delante—, esa obligación empezó a resquebrajarse. La cámara podía encargarse de “parecerse a la realidad” mejor que cualquier mano pictórica.
Y entonces muchos pintores se hicieron una pregunta radical:
Y entonces muchos pintores se hicieron una pregunta radical:
—“Si ya no tengo que copiar el mundo, ¿qué puedo hacer con la pintura?”
Una de las respuestas fue usar y caminar hacia la abstracción. Usar el cuadro no como ventana al exterior, sino como campo de operaciones de la mirada y del pensamiento.
Por eso, frente a una obra abstracta, la pregunta más fácil es:
—“¿Y esto, qué es?”
Porque casi siempre la respuesta literal será decepcionante:
—“Son franjas de color”, “son manchas”, “son formas”.
Pero la obra llena de dudas no se agota en ese “qué”.
La pregunta más útil es otra:
La pregunta más útil es otra:
—“¿Y esto que veo, qué me hace sentir, qué me hace pensar? ¿Me transmite calma o violencia? ¿Hay algo que grita o, al contrario, una especie de susurro? ¿Me pesa o me aligera? ¿Me resulta frío, cálido, cerrado, abierto? ¿Me recuerda vagamente a algo, aunque no sepa decir a qué?
No todas las obras abstractas “gustan”, igual que no todas las músicas gustan.
Eso no invalida el lenguaje; simplemente indica que, como cualquier idioma, no siempre conectamos a la primera con quien lo habla.
Puede que el artista no haya logrado articular bien lo que quería decir con su obra, o puede que nosotros, en ese momento, no tengamos la disposición, la experiencia o la paciencia para entrar en ese diálogo.
A veces una obra no nos dice nada hoy y, sin embargo, años después nos habla con claridad.
Una forma útil de resumirlo podría ser: La abstracción no te pide que “entiendas” algo; te pide que lo mires sin traducirlo —enseguida— en objetos.
Primero sentir, luego, si quieres, buscar palabras y respuestas, explicaciones o traducciones.
La imagen que vemos arriba no es una pintura, pero podría parecerlo. No son simplemente trozos de papel rasgados pegados en un muro, aunque eso sea lo que “son” en sentido literal.
Una forma útil de resumirlo podría ser: La abstracción no te pide que “entiendas” algo; te pide que lo mires sin traducirlo —enseguida— en objetos.
Primero sentir, luego, si quieres, buscar palabras y respuestas, explicaciones o traducciones.
La imagen que vemos arriba no es una pintura, pero podría parecerlo. No son simplemente trozos de papel rasgados pegados en un muro, aunque eso sea lo que “son” en sentido literal.
Es una fotografía, sí, pero también es un encuadre. Alguien ha decidido —en este caso yo— qué dejar dentro y qué dejar fuera, cuánto espacio darle al vacío, cómo se relacionan las formas, qué peso tienen los blancos, los verdes, las manchas difusas.
Es una distribución de elementos sobre un soporte —en este caso, tu misma pantalla— que podemos mirar como miraríamos un lienzo.
Eso también es abstracción. Tomar un fragmento del mundo, aislarlo de su contexto práctico y verlo como un juego serio de formas, ritmos y tensiones.
Eso también es abstracción. Tomar un fragmento del mundo, aislarlo de su contexto práctico y verlo como un juego serio de formas, ritmos y tensiones.
A veces el primer paso no es entender, sino dejarse llevar, afectar, sentir. Solo después viene la necesidad —tan humana— de ponerle nombre.
