22.1.19

Verdades como granadas, algo sobre el cine de Farhadi

A mí, que me gusta el brutalismo, es ahora cuando la figura de Pablo Iglesias, el abandonado al que le quiten lo bailau, me pone. Me pone pensar cómo serían los edificios severos y racionalistas de la Pablo Iglesias Allee en Seseña.

Parece que no va a poder ser, parece que la vida se le escapa y todo va a ir a manifiestamente peor hasta desconcharse su chalé por falta de mantenimiento. Acabará de atrezzo de una película de Farhadi, donde sus personajes dicen lo mismo de Teherán.

Cuidado, dejad de destrozar este cine barrocos para bien como Darín y Penélope, a la que no le ha pasado nada de lo que finge.

No vengarse contra lo inexorable, guardar las buenas formas ó respetar a cualquier autoridad impostada sin rebelarse era propio de nuestros padres. Es un talante que todavía se percibe en los personajes de otra generación que los principales del iraní. Se mantienen inasequibles al desaliento de romper con las instituciones –y solo me refiero a sus familias-, por mucho que sean chíitas y les condicione en su vida cotidiana en edificios de estuco y vencejo.

El germen de la búsqueda de racionalidad, de dación de educación para laminar presiones políticas a la clase media baja, también se encuentra en ese cine Ladoire pero presente.

En cada película se percibe la delgada línea roja del imposible mantenimiento de las parejas que dialogan, la mujer no aceptando ya monólogos interiores de macho-alfa en la intimidad, sino en forma de interjección. Sí todavía en vida pública… (¿y nosotros, dónde estamos?)

Mientras se perciben y padecen no siempre de manera estoica, nunca se puede porque las películas solamente son un resumen de dos horas, las excepciones a cargo de quien desde tu barrio, grupo de teatro o pueblo tiene belleza natural descomunal, falta de escrúpulos o, simplemente, cae en tentaciones programadas desde la propia troika de Jomeini… 

Si en Irán puede pasar, cuántas no separaciones con puta o puto eslavo no habremos no visto en la Zaragoza de la no EXPO… Y lo mejor fueron los que se quedaron con las ganas que los alentaron…

Me gusta Irán por palestino-aragonés, por zaratustriano, por la forma de mirar de sus habitantes. Porque me encantaría que en Aragón se replantaran granados y parras en todos los pueblos. Porque debemos a la uva de Shyraz haber ennoblecido a la garnacha.

Porque toda la música y poesía de la corte del Taj Mahal se cantaba en urdu y en ese parsi poético, al que da Farhadi contrapunto sin renunciar al metro, con sus trenzados guiones de vidas personales en el alambre.

La familia y la pareja no son en Teherán esa solución desesperada de contrapunto a un Estado, porque el mismo está compuesto por delatores. Sociedad española de origen.

El primer origen de la delación se halla residenciado en la propia familia a la que hay que negarle toda explicación de vida personal. La intimidad no existe en esas barras de bar de pueblo-tribu de donde todos provenimos, al necesitar tu propia familia edificarse sobre tí como mitología de venganza de tanta humillación nunca devuelta. La de fregar suelos de rodillas, la de ir a lavar sábanas en agua de nieve para comer.

Farhadi soy yo. Koreeda, no. También soy Pawlikowski y Saura, no Buñuel. No estoy para hostias de reirme de algunas cosas.

22/01 Luis Iribarren.

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