El aldeano de París, de Louis Aragon

El iluminado Louis Aragon dijo aquello tan empleado hoy de: “Paren, por favor, que yo me bajo” asombrado del raro mundo que estaba viviendo. Poeta surrealista para más señas, amigo terrible del “antiarte” André Breton, con quien venía de crear y destruir el dadaísmo y que se disponía a bautizar el surrealismo escribió El aldeano de París (1926), la obra que acaba de publicar la editorial “Errata naturae”, y que está considerada como la primera novela surrealista.

Lo que nos describe Louis Aragon en este libro es principalmente, hablarnos de los sentidos mientras se da un paseo por la ciudad de París. Escaparates, pasajes y paisajes, parques y personas son analizados desde lo intuitivo, dejando a un lado el animoso juicio del hombre moderno.  

"Esta manía controladora hace que los hombres prefieran la imaginación de la razón a la imaginación de los sentidos, nos dice el autor, añadiendo: "Ya no quiero resistirme a los errores de mis dedos, a los errores de mis ojos. Ahora sé que estos errores no sólo son burdas trampas, sino también insólitos caminos hacia un destino que nada, salvo ellos, me pueden revelar".

—¿Albergaré durante mucho tiempo el sentimiento de lo maravilloso cotidiano?—, se pregunta inquieto a mitad del libro, consciente de que en cualquier momento el hechizo de la extrañeza se puede esfumar. Para, poco después, cargar de lleno contra la sensatez del hombre de bien: “Veo cómo se pierde este sentimiento en cada hombre que avanza en su propia vida como si ésta fuera un camino cada vez mejor pavimentado”, clama el poeta.

Nos deja además, un triste presagio hecho —poca broma— hace casi un siglo: “Se está gestando una gran crisis, un inmenso desconcierto empieza a adquirir forma. Lo bello, lo justo, lo verdadero, lo real. Éstas y otras tantas palabras se están haciendo añicos en este cabal instante”. ¿Les resulta familiar en este siglo XXI que ya va avanzando a velocidad de vértigo?

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