Berlanga y Azcona. Cada jueves… milagro


Se va a escribir largo y tendido sobre el maestro Luis García Berlanga en este año en que se cumple un siglo desde su nacimiento. Revisar sus películas, como las de Buñuel y Saura, es meterse de lleno en la luz de Goya hecha movimiento. En su modo de componer y equilibrar de sus litografías y serie negra. Es que no dejó nada por hacer como genio, quizá sí como pintor.

Solo Luis Berlanga, el intelectual que fue a la División Azul para ocultarse, es el único no aragonés de la terna. Pero gasta el mismo humor de la barbaridad que también acerca a Cela en ocasiones al modus pensandi del Valle del Ebro. El de la revista la “Codorniz” del darocense Mingote.

Si, además, recordamos que el mejor cine del homenajeado y el de Saura, como el de Trueba, se hizo a cargo del logroñés Azcona a los fogones, se entiende la comodidad que ha sentido todo el cine español en nuestro seco y ventoso Valle del Ebro. Lugar con paisajes épicos propios de John Ford, otro aragonés adoptivo.

Berlanga es cervantino, de una importancia local pero universal. Un realista somarda, irónico y elegante al modo inglés. Atributos que heredó su hijo Carlos, príncipe de la Movida.

Además los guiones y realización de sus películas, reconocidos dentro y fuera con el óscar a “Plácido”, tienen ese elemento común que se mantuvo incluso en su cine de la Transición: todas son berlanguianas. Están llenas de situaciones como de Berlanga.

Grabada en Sos, la Vaquilla y su elenco encabezado por Alfredo Landa, está repleta de ellas. No son fruto del azar sino pura tramoya de la vida las mismas: reflejan la hondura de la improvisación para bien, la necesidad de romper las cadenas de jerarquía arbitrarias y hasta contienen detenciones de guerra que hacen pensar en el humor de Gila.

Muchos de la comarca de Cinco Villas y Merindad de Sangüesa nos dejamos el pelo como Lorca para la ocasión, calzábamos camisas de tirilla y tuvimos que tirar de gomina para aparecer al fondo de esas escenas corales que bordaba. Creo que nunca estuvimos ni estaremos más guapos.

Esos plenos de ayuntamiento o entrega de premios y cacerías con más personajes en movimiento continuo que en la “Rendición de Breda” de Velázquez, la escuela de secundarios, actores y actrices lazarillos y cómicos de la legua republicanos y de la España autárquica los permitieron.

Fueron todos ellos actores que resistían toda comparación con los secundarios de Hollywood, la escuela inglesa de actores de las cintas de David Lean o los que, de modo igualmente coral, dan sentido a joyas del neorrealismo italiano como Amarcord. Que parece escrita por Azcona y dirigida por el maestro valenciano. Hay que ser muy grande para darle dos papeles protagónicos a Luis Escobar y otros tantos a José Isbert, haciendo a dos presuntos secundarios actores de importancia universal.

Ramón J. Sender dejó dicho en artículos para Heraldo de Aragón cómo y por qué la emigración republicana en América o Francia, a pesar de Franco, echaba de menos a rabiar Aragón y España. Muchos no se centraron en crear fuera al faltar lo que denomina nuestra “identidad estupefacta”.

Artículo escrito en un momento de tráfico de vacunas y adelanto en la vacunación de una parte de la jerarquía eclesiástica que se sigue sintiendo cómoda en su concordato ajeno a la vida de ocho millones de pobres y resto de la chusma. Porque es que sus caminos son más elevados.

De Berlanga… (y de Azcona…)

Que ya sabemos que la igualdad material no la quiere nadie, coletas… Es mejor ir al trinque y sacar los trabajos de misa. Ya sentaremos al pobre o al catalán a la mesa el día de la banderita.

11-02 Luis Iribarren

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