29.8.25

La Modernidad en el Arte tras el Romanticismo


Cuando hablamos de Arte, no hablamos solo de cuadros o esculturas. En realidad hablamos de formas de ver el mundo, de diferentes maneras de observar, comunicar y expresar emociones. El Arte es compartir puntos de vista únicos, a veces extraños y profundamente personales, pero siempre capaces de conectar con otros. 

Y aunque generalmente hablamos más de pintura o escultura, no hay que olvidar nunca que el Arte es también literatura, danza, música, fotografía o cine, por poner ejemplos de los que no siempre recordamos como Arte en su más amplia expresión.

Durante siglos, el arte fue sobre todo un oficio. Los pintores y escultores trabajaban casi exclusivamente por encargos de familias poderosas o instituciones religiosas

El artista pintaba lo que le pedían: escenas bíblicas, retratos de nobles o decoraciones para iglesias. Casi nadie creaba por iniciativa propia. Se formaban talleres de artesanos a cargo de un maestro, que trabajaba esos encargos a veces de gran tamaño y en gran número en el mismo tiempo.

El gran cambio llegó en el siglo XIX con el Romanticismo, movimiento que transformó la historia del arte. Hasta entonces, los artistas eran vistos como artesanos de élite

A partir de este momento comenzaron a ser reconocidos como genios creativos con un mundo interior propio. El arte dejó de ser solo un trabajo para convertirse en un lenguaje de emociones, sueños y visiones personales.

Ya no era tan importante la producción de obras decorativas, como la expresión de artistas que deseaban comunicar, necesitaban hablar sin que nadie les dijera qué había que pintar.

Las revoluciones políticas y sociales de la época, como la Revolución Francesa, debilitaron el poder de la Iglesia y la monarquía, mientras que surgía una nueva clase social: la burguesía, con poder y con dinero

Esta nueva clientela ya no quería grandes escenas religiosas para un palacio, sino obras más pequeñas y personales para sus hogares: paisajes, escenas costumbristas y retratos familiares que reflejaran su identidad y estatus.

Así nació el mercado del arte moderno. Los artistas ya no dependían solo de encargos, sino que creaban obras por iniciativa propia para después venderlas en salones oficiales y galerías privadas

El artista pasó de ser un artesano a convertirse en un creador autónomo que buscaba su propia temática y estilo. Se tenía que defender sobre su propia competencia de otros artistas cercanos.

Un ejemplo perfecto de esta transición es Francisco de Goya. Aunque comenzó como pintor de corte y trabajó por encargo para la Iglesia y la monarquía, una parte fundamental de su obra fue fruto de una necesidad personal de expresión

Sus célebres “Pinturas Negras”, realizadas directamente en las paredes de su casa, la Quinta del Sordo, son un testimonio de esta nueva libertad creativa: oscuras, intensas y enigmáticas, expresan su visión más íntima y pesimista de la humanidad.

Goya no buscaba un comprador ni un reconocimiento externo: creaba para sí mismo. En ello radica su modernidad y su influencia en el arte posterior. 

También sus series de grabados, como Los Caprichos o Los Desastres de la Guerra, muestran un artista independiente, crítico y libre, que abre la puerta al arte contemporáneo.